En un gran centro comercial un hombre cualquiera grita hasta romperse las cuerdas vocales y escupir sangre mientras a su alrededor algunas personas ríen, la mayoría se asusta.
Sólo un gorgoteo sanguinolento fluye desde sus vacíos pulmones hasta su boca.
Finalmente la carcasa de su cuerpo sin alma cae inconsciente y sin respiración.
Desde la oscuridad de su mente sólo puede atisbar unas lágrimas en sus ojos, manos tocándole y sonidos que son colores que son personas que son cortinas que cubren sus ojos.
- Lo siento –le dijo con cara seria mirando un punto inconcreto de la pared de enfrente- Lo he intentado.
Él apartó la mirada del rostro de la mujer a la que ama y respondió.
- Nada más verte ya sabía que me ibas a decir algo jodido, tía.
- Lo siento, de verdad… Lo he intentado de mil maneras, pero cada día me pregunto ¿por qué?
- No hay respuesta a eso. Quizás podría ser mi debilidad.
- No te puedo perdonar.
Él la miró de nuevo y observó el pelo de su amada reflejando el sol que entraba por la ventana.
- ¿Qué me quieres decir?
- Que no puedo verte más.
Algo le arrancó al hombre las lágrimas de los ojos y las tiró al suelo con desprecio.
- No quiero verte más porque no puedo perdonarte.
Algo le arrancó al hombre sus pulmones.
Muchos meses después he abierto los ojos para ver una cara bonita a mi lado y el vacío interior, macerado durante este tiempo, ha dolido un poco menos.
- ¿Qué hora es? –pregunta la chica bonita somnolienta.
- Es tarde –cojo el paquete de tabaco del suelo- Son las 3 de la tarde.
- Joder… -me dice mientras con una mano acaricia mi pecho.
Mi mente recuerda cuando ella y yo estábamos en un bar en el cual la gente ha ido dejando durante años papelitos escritos entre la base de madera de la mesa y el cristal que la cubre. Ella encontró casualmente un papelito con un poema que escribí cinco años antes.
La chica que está a mi lado en la cama me recrimina que fume y me voy al salón.
Envío un mensaje de móvil a un amigo con el cual quedaré en unas horas para ir a tomar algo y hablar de nuestras mierdas.
Oigo a la chica mear.
- Me tengo que ir, que es tardísimo. –dice bostezando
- Como quieras. Yo acabo de quedar con un amigo más tarde, ¿quieres venir?
- No que va, no puedo.
Ni me molesto en preguntarle.
Poco después estoy comprando comida en el supermercado que hay cruzando la calle. Dudo entre comprar queso azul o roquefort.
Recuerdo su mirada clavándose en mi mente mientras me susurraba “te quiero”. Las humedades del placer.
Al final cojo el queso azul y acabo la pequeña compra. Tengo hambre y son casi las cinco de la tarde.
Entro en casa y me pongo a hacerme en seguida un poco de lomo de cerdo con salsa de queso azul y champiñones con arroz como acompañamiento.
Mecánicamente enciendo el entumecedor catódico de masas y como.
Después me ducho y como cada vez desde que se fue, la recuerdo justo al meter el pie en la bañera.
Como era de esperar, llego 10 minutos tarde a la cita con mi amigo y nos vamos a un bar relativamente habitual para nosotros.
- Me he puesto a escribir un relato corto –le digo mientras yo bebo una cerveza y él una cocacola
- ¿Y de qué va?
- Pues hablo de ella. –él me mira con cara de aburrimiento
- ¿Otra vez?
- Sí, joder… otra vez
Me enciendo un cigarro y recuerdo la primera vez que salí de bares con ella. Nos sentamos en la mesa de al lado en el mismo bar donde estoy con mi amigo ahora.
- Está bien que saques la mierda, pero es que creo que te pasas ya.
- Es casi obsesión ¿eh?
- La verdad es que lo parece.
- Es que no puedo evitar que me asalten recuerdos.
- Eso se pasará –me dice.
- No pasa, tío… -fumo- Han pasado meses, y ahora está la chica esta, pero no se va.
- Tiempo.
- Ya, pero aún así. Es que me gusta escribir sobre ello, mezclando cosas, realidad, ficción, metiéndome en su cabeza y escribiendo como si fuera ella.
- Es interesante como experimento artístico, pero no sé… a mí ya me cansas.
- Perdona tío.
Nos sonreímos.
- Me imagino que además a ella no le hace ni puta gracia que escriba que yo crea que yo sé lo que ella piensa.
Él no contesta y poco después nos vamos a andar un poco por la ciudad.
Me explica que se ha ido a Barcelona para hacer no sé qué de sus negocios y que ha conocido a una chica.
Mientras andamos con el sol poniente a nuestras espaldas recuerdo el viaje que hicimos ella y yo a Barcelona y la mañana que pasamos deambulando por un parque, al salir de una discoteca.
Le llaman por teléfono. Un amigo común al que le apetece salir esa noche.
- Joder, yo estoy con una leve resaca –le digo.
- Él dice que no quiere. –habla por teléfono
- Eh… no he dicho eso… Vendré.
Espacios negros cubren mi mente desde ese momento hasta el día siguiente.
Me despierta el móvil sonando. Es la chica de cara bonita y me dice que le apetece verme esa noche. Accedo.
Es sábado por la tarde yo con resaca y tengo que ir a comprar ropa nueva, así que me voy a un asqueroso centro comercial para ver qué puede haber.
Me ducho, la recuerdo, me visto y como.
Conduzco dando una vuelta larga mientras recuerdo su risa y su pasión al tocar la guitarra.
Llego a destino.
Paseando entre tiendas como un títere más me encuentro a un compañero de carrera y nos ponemos a hablar de estupideces metafísicas.
Recuerdo la costumbre que tenía ella al pedirse un café con hielo de fundir con el borde de la cucharilla el agua congelada.
Me despido de mi colega y sigo buscando ropa.
Subo por unas escaleras mecánicas y mi madre me llama por teléfono para decirme que ha encontrado un anuncio en el periódico sobre un trabajo.
Mi mente proyecta el recuerdo del día en que ella lloraba porque se dio cuenta de que la gente no ama realmente la tierra en la que vive y vota a políticos de mierda.
No me doy cuenta y la conversación con mi madre ha acabado.
Siento los ojos a punto de estallar y las lágrimas apoderándose de mi.
Recuerdo la foto que nos hice en Barcelona, esa en la que ella sale guapísima, la que estuve mirando como un imbécil un par de días después de que ella cerrara la puerta de mi casa para nunca volver. Recuerdo su mirada tan llena de orgullo al estar conmigo. Recuerdo el gesto de su cuerpo precioso y las lágrimas empiezan a salir como si alguien estuviera empujando desde mi interior.
Me mira la gente.
Recuerdo su cara en la penumbra de un pub mientras de fondo sonaba una versión acústica de la canción creep de Radiohead y yo cantándosela al oído. Recuerdo sus manos, y su sonrisa en un bar mientras discutíamos sobre política.
Las lágrimas empujan algo desde mi interior que no sé qué es. Me duele.
Noto mil agujas en mis pulmones.
Noto cientos de cuchillos rajando mis intestinos
Entonces todo mi ser se convulsiona para gritar.
Mientras noto cómo mis cuerdas vocales se rasgan y escupo sangre recuerdo cómo la conocí. Mi mente no puede parar de proyectar imágenes en mi alma.
Recuerdo, recuerdo, recuerdo, recuerdo…
Siento las agujas y los cuchillos rasgar mi interior, mis pulmones vacíos y la sangre en mi boca.
Mi cuerpo sin alma cae al vacío y choco contra el suelo.
Oigo voces. Noto gente a mi alrededor pero no puedo ver nada.
Sólo puedo recordar fragmentos que perdí mientras las lágrimas se secan sobre mi cuerpo sin vida.
Esta noche no podré echar un polvo con la chica de cara bonita.
Que putada.
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